Dice la leyenda que los habitantes de cierta isla se dedicaban a pasear por su bellísimo monte y por sus bucólicos prados retozando en lugar de rezar a los dioses.
Así que Zeus enfadado cogió piedras del pedregoso suelo del monte Olimpo y las lanzó contra la isla. Las piedras cruzaron kilómetros y kilómetros por el aire e impactaron con precisión divina. La isla quedó convertida en una gran masa de rocas sin apenas vegetación ni belleza.

Pero sus habitantes descubrieron que también podían divertirse probando a subirse a esas rocas y viendo quien era el primero en llegar a lo más alto de la isla, así que olvidaron de nuevo rezar ese dia.
Sorprendido, Zeus hizo entonces que Hades, dios del subsuelo, vaciara de noche las rocas convirtiéndolas en cuevas inescalables.

Entonces sus habitantes se dedicaron a sentarse a su sombra y disfrutar del fresco pues hacía demasiado calor para rezar en el templo y al mediodía se echaron una siestecita bajo las cuevas.
En el Olimpo no podían creerlo, esto ya era demasiado, así que pidieron a Pyros, dios del fuego, que lanzara su fuego sobre la isla como castigo.
El fuego llegó de bajo la tierra y arrasó la isla, la roca se licuó y cayó líquida por las cuevas formando increibles figuras y estalactitas que se solidificaron al enfriarse.
Y sin embargo, aquel mismo día los habitantes sorprendidos y maravillados se divertían jugando con esas formaciones, subiendo cada vez más arriba por ellas.

Zeus, antes que admitir su derrota, encolerizó y cuando iba a borrar del mapa la isla, cuando ya señalaba con el rayo a sus habitantes, reparó en que gentes de todo el mundo estaban llegando por mar y también por el cielo, haciendo largos viajes hasta ese lugar para comprobar con sus propios ojos la maravilla que habían creado los dioses.
Las gentes, llegadas por miles, se deshacían en halagos y pasaba semanas jugando con sus curiosísimas formaciones. Todos decían que aquello era el paraiso y una maravilla del universo.
Zeus se mesó la barba y, tras una breve deliberación consigo mismo, llegó a la conclusión de que habían muchas y diversas formas de adorar a los dioses del universo y que al final mejor decenas de miles de adoradores un tanto peculiares que el centenar de lugareños de siempre.
Así que se sentó de nuevo en su trono y calmado, entrecerró sus ojos.
Aún dicen en la isla, que cuando se dan los mejores encadenamientos, los más duros, los más elegantes, los más espectaculares o los más luchados, se ve un brillo en el cielo, un reflejo muy lejano al Oeste, y comentan algunos lugareños que es Zeus, ya viejo y algo corto de vista, que observa desde el Olimpo con sus prismáticos.
Y aplaude.
Escrito por カ. 










